domingo, 15 de junio de 2014

Las ukiyo-e y Hishikara Moronobu

Las ukiyo-e y Hishikara Moronobu
Arturo García Anaya


Esta historia comienza más allá del mar, del océano Pacifico que se delimita en las costas de las playas mexicanas. En un conjunto de islas que al norte tiene el mar de Ojotsk, que al oeste tiene las playas chinas, rusas y coreanas; en un archipiélago que surgió al desprenderse de la gran masa continental en donde su suelo y corteza terrestre por el movimiento de rocas a alta presión han dibujado en el país una geografía montañosa además de los accidentes de terremotos y maremotos. Islas de elevadas montañas, de volcanes activos, climas tropicales y monzónicos en las costas, de nevados en las montañas, así es Japón, suelo en donde crecen álamos, cedros, olmos, pinos, los bambúes y palmeras, un país  altamente poblado con una tradición agrícola donde se cultiva arroz.  

        Ahí vivía hace casi cuatro cientos años un artista anciano que en su temprana juventud se había ocupado del oficio de sus padre,  el de bordador de tapices. Oficio digno de un artista que sin duda le dio las nociones de dibujo y de diseño que más tarde ocuparía, pues se daría cuenta que seguir los pasos de su padre no formaba parte del camino que decidiría seguir. Hishikara Moronobu miraba sus estampas que le harían famoso veinte años atrás al tiempo que los recuerdos acudían a su mente, sería precisamente después de aprender las técnicas de su padre cuando decidiría salir de su pueblo, la vieja casa campirana cerca de las costas de la bahía para mudarse al centro, Edo[1], lugar donde hasta ese momento conservaba su habitación; no faltaba mucho para que llegaran sus aprendices, Hishikara tomo sus bocetos, las estampas que observaba en la recepción de su casa y se dirigió hacia el cuarto que le servía como taller para la creación de sus obras artísticas.

       Entrando a su taller el viejo artista se dirigió a uno de los doce paneles que componían la obra que en aquella ocasión le ocupaban, se trataba de una escena en la que un samurái hincado abrazaba a una joven cortesana, la posición en que quedarían las espadas le preocupaban pero con sólo ser evidentes en su trazo, con tan sólo señalar que se trataba de un samurái sería suficiente, pues la escena tendría como objeto central la actitud de súplica del guerrero entremezclada con sus manos perdidas debajo del kimono de la dama mientras ambas miradas se correspondían, -éste es una buen cuadro inicial para una serie que terminará con la unión sexual de ambos personajes-. A final de cuentas las infidelidades y aventuras de los samuráis con las cortesanas y demás mujeres le importaban poco, sería en la corte y entre los mandos guerreros que se venderían tales piezas a muy jugosos precios. No se inmutaba al dibujar los vicios, el erotismo o la sexualidad explícita de la sociedad en que vivía, muy en el fondo sabía que el choninl[2], había sido desde siempre encaminado a las cosas del placer, que las casas de citas, la casa de té, el teatro y la música habían sido impulsadas por el bakufu como una medida contenedora, consecuencia de su política que prohibía viajar fuera del país bajo pena de muerte, así las entendía, pues integraba su oba a dicho mundo, en donde una habitación contenedora de placer impediría la visión a un mundo exterior el cual Hishikara Moronobu dibujaba como un mundo natural, árboles, plantas y montañas que servían de fondo a las escenas eróticas que representaba y que apenas se dejaban ver a través de las ventanas.  

De pronto la puerta del taller se abrió al deslizarse, un joven que vivía la mitad de su segunda década de vida entraba junto con un señor de edad madura. Ambos con pinceles en sus manos y los bocetos que no hace mucho acababan de elaborar. –Konnichiwa- dijo el anciano Hishikara. –Hemos terminado, como no lo has señalado, ¿prepararemos los colores?, la tinta es muy negra—replico saltando el joven mientras el señor contenía las pueriles ansias del chico al enfatizar en altas voces su saludo –Konnichiwa- dijo – No te preocupes por el chico, a ambos los estaba esperando y bien, ¿Qué han logrado observar, qué traen en sus bocetos?- repuso Hishikara.

       -Hemos recorrido toda la ciudad, apenas y nos detuvimos frente a la casa del te cuando la música comenzó a sonar, aproveche para dibujar estos – dijo el joven señalando las parejas que había logrado capturar, dos bultos nada definidos que apenas sugerían dos personas de frente—luego nos detuvimos en el campo, ahí vimos un par de cortesanas que no logramos dibujar pero me he gravado el color de los kimonos, ¿podemos preparar los colores?- insistió el joven – ya te he dicho que debes dominar el trazo negro sobre el blanco, se pueden lograr pinturas también elaboradas y pagadas como las de color, guarda tus ansias para después y ¡A seguir praticando!- respondió el viejo – ¿Resolvieron mi encargo? ¿Pasaron a la casa de citas?—así es maestro- repuso el señor – el guerreo Tora pide que se le entregue con toda prontitud el libro con las ilustraciones que le ha prometido, le manda esta pequeña bolsa con la cantidad acordada en su interior. Un pequeño saquito se dejó caer sobre la mesa en la cual el viejo veía los bocetos que le mostraban, el sonido de las monedas en su interior no pareció inmutarle hasta que el joven nuevamente le sorprendió – Hubiera visto maestro, unas jóvenes portadoras de la belleza de las siete lunas y delicadeza de las olas del mar vestían unos kimonos que se antojaban para que no les llevaran puestos, escuche a un samurái amigo de Tora que por la mitad de lo que ahora le entregamos no sólo se complacería de verla desnuda, debería pintar para ellas y no para los monstruos que las acechan, ¿se imagina a cuantas habría conocido ya?

       -Deja de decir sandeces – repuso el viejo Hishikara Moronobu- esas insolencias de mi juventud las he dejado atrás hace mucho tiempo, ahora me ocupo de cultivar el amor verdadero hacia una mujer. Lo que ahora les enseño, y el motivo por el que vienen no sólo es para aprender a estampar, dibujar, pintar o gravar, ustedes están aprendiendo a hacer Ukiyo-e, apréndanlo muy bien, Uki es el sufrimiento y yo el mundo, lo que nosotros buscamos representar es el mundo del hombre, su sufrimiento. Uki que dentro de su dualidad también representa la felicidad y que junto con el sufrimiento se puede englobar bajo la acepción de Uki que significa flotar, de tal manera que nuestros dibujos sin importar la técnica en que los expresemos deben mostrar el mundo flotante en el cual cree “elevarse” la mente y los sentidos del hombre, el place que le conduce a la felicidad y al sufrimiento. Pues  Ukiyo-e al igual que el Edo y las demás provincias de la isla en la que habitamos asemejan la condición interna del hombre, aislada, cuyo interior se consume entre la pasión, el vicio y la virtud, eso es lo que representan el teatro, la casa de té, la música y los encuentros sexuales que ocurren en la casa de citas, es nuestra misión retratarlos ante este nuestro aislamiento, pues así los habitantes de Edo y las demás provincias sabrán de donde vienen y qué es lo que han hecho, por ello les he enviado a mirar a la ciudad y su vida cotidiana, además de que necesitan observar y practicar mucho si es que realmente quieren aprender este oficio y arte, por ello no desesperes ante el color—dijo Hishikara dirigiendo sus últimas palabras al joven.

       -Y bien – prosiguió – ¿Encontraron al comerciante? – No – contestaron sus visitantes – encontramos a su esposa –dijo el señor—Midori nos dijo que su esposo irá a los barrios de Fukagara y Yoshiwara dentro de cuatro días, quiere que le mande los estampados que le tiene prometidos si quiere que los venda en dichos lugares.

       Así transcurrían los últimos años de Hishikara Moronobu, en el taller que vería el nacimiento de sus obras de mayor madurez y desarrollo estilístico, en la compañía de sus aprendices y de desnudos eróticos que le sugerían la vitalidad que año con año se le escapaban, ocurría el año de 1680, fecha en la que a la edad de 55 años haría ilustraciones del siguiente tipo:



Panel de un total de doce, que muestra una obra del estilo shunga (erótico), monocromática, Hishikara Moronobu, 1680


En esta ilustración se presenta una de las primeras obras que realizó Moronobu puesto que carecen de color, donde el negro adquiere una mayor vistosidad pues resalta el marco de la pintura como el cabello y la parte superior del kimono del samurai, en el  fondo  un paisaje con plantas, un ave y unos pequeños montes armonizando la estampa.





[1] Actual ciudad de Tokio
[2] Habitante de la ciudad japonesa

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